Columna de opinión: Aysén y la política de hacer que las cosas pasen
En política, las cifras suelen usarse como escudos o como trofeos. Pero en regiones como Aysén, los números pesan distinto: se traducen en kilómetros de distancia acortados, en leña que ya no se quema, en familias que dejan de esperar. Por eso, cuando se habla de vivienda y ciudad en el extremo sur, no basta con enumerar obras; hay que preguntarse si, esta vez, el Estado estuvo a la altura del territorio.
Durante este periodo de gobierno, la región muestra resultados que no son menores: 1.392 viviendas terminadas, 1.080 en ejecución y más de 300 por iniciar, en una zona donde construir siempre cuesta más, demora más y exige más logística que en cualquier otra parte del país. En un Chile acostumbrado a medir la política pública desde Santiago, Aysén vuelve a recordar que la equidad no se decreta: se financia, se planifica y se ejecuta.
Pero no se trata solo de cantidad. Uno de los hitos más simbólicos es la entrega del primer barrio indígena de la región, junto con proyectos largamente esperados como el de Puerto Chacabuco, donde no existía un nuevo comité habitacional desde los años noventa. Ahí hay una señal política clara: la vivienda no es solo un techo; es también reconocimiento, pertenencia y reparación de una deuda histórica con comunidades y localidades postergadas.
La política habitacional también se cruza con los cuidados, un tema que por años quedó fuera del diseño urbano. Hoy, Aysén cuenta con un Centro de Cuidados entregado en Puerto Aysén y otro en construcción en Coyhaique, poniendo en el centro a quienes cuidan y a quienes necesitan ser cuidados. No es un detalle: es reconocer que las ciudades no solo se miden en metros cuadrados construidos, sino en la red de apoyos que sostiene la vida cotidiana.
En paralelo, hay una apuesta por el espacio público y la escala humana: pavimentos participativos con pertinencia territorial en Caleta Tortel, rutas peatonales en Cisnes y la intervención de plazas en localidades rurales como Ñirehuao, Puerto Tranquilo, La Junta, Villa Ortega y Mallín Grande. Son proyectos que devuelven dignidad al día a día y refuerzan el sentido de comunidad.
Quizás uno de los movimientos más estratégicos es el inicio del Plan Urbano Habitacional Chacra G1 en Coyhaique, que proyecta 976 nuevas viviendas y abre la puerta a un crecimiento urbano planificado, en lugar de seguir parchando la ciudad a punta de soluciones de emergencia. Planificar en Aysén no es un lujo tecnocrático: es la única forma de evitar que el futuro repita los errores del pasado.
A esto se suma un hito ambiental y social que muchas veces pasa inadvertido en el debate nacional: Aysén se convirtió en la primera región del país en cumplir la meta del Plan de Descontaminación Atmosférica, gracias a los programas de revestimiento térmico. Menos humo, menos gasto en calefacción y mejor salud.
¿Es suficiente? Nunca lo es en una región con tantas brechas acumuladas. Pero sí marca una diferencia entre la política de la promesa eterna y la política del avance concreto. Aysén no necesita más discursos grandilocuentes ni promesas que se las lleva el viento. Necesita políticas que se mantengan en el tiempo, inversión constante y decisiones que entiendan que, por el aislamiento y las brechas históricas de la región, cada vivienda, cada plaza y cada vereda tienen un impacto mucho mayor en la vida de las personas. Porque en el extremo sur, gobernar bien no es solo administrar cifras: es, literalmente, cambiarle el clima —y el futuro— a la vida de las personas.




