Aysén: cuando el Estado vuelve a conectar el territorio
Por: Samuel Navarro, Seremi (S) de Gobierno de la Región de Aysén
En una región como Aysén, hablar de obras públicas no es hablar de cemento ni de contratos. Es hablar de integración, de dignidad territorial y, sobre todo, de presencia del Estado allí donde por décadas estuvo ausente o llegó a medias. Por eso, al evaluar los avances del gobierno del Presidente Gabriel Boric en la región, resulta imposible no detenerse en el rol que ha cumplido el Ministerio de Obras Públicas como una de las palancas más concretas de cambio.
Uno de los compromisos presidenciales más emblemáticos fue avanzar de manera decidida en la pavimentación de la Ruta 7, la Carretera Austral, columna vertebral del desarrollo regional. Hoy ese compromiso dejó de ser una promesa: en Aysén existen más de 140 kilómetros en distintas etapas —pavimentados, en ejecución, adjudicación o licitación— en tramos largamente postergados como Chacabuco–Confluencia, Villa Ortega–Mano Negra o Puente Chucao–Fiordo Queulat. No se trata sólo de mejorar tiempos de viaje, sino de reducir el aislamiento, aumentar la seguridad vial y permitir que comunidades enteras puedan desarrollarse sin depender del clima o del estado precario de los caminos.
A esta inversión estructural se suma una política sostenida de caminos básicos con suelo cemento y sello asfáltico, superando los 100 kilómetros ejecutados o programados. Para el mundo rural, esto significa menos polvo, mejor acceso a servicios básicos y mayor conectividad para la vida diaria. Lo mismo ocurre con las obras de seguridad vial en accesos urbanos, rutas rurales y sectores de alto riesgo, donde la infraestructura deja de ser reactiva y pasa a tener como eje central el cuidado de la vida.
Pero si hay un avance que sintetiza el sentido social de esta gestión, es el acceso al agua potable rural. Durante este gobierno se han construido, conservado o mejorado Servicios Sanitarios Rurales que hoy benefician a cerca de 30 mil personas en la región. Sistemas inaugurados en localidades como Villa Jara, La Reserva, Fachinal o Valle Simpson no solo garantizan un derecho básico, sino que permiten que familias puedan proyectar su vida en el territorio. En una región extensa y dispersa como Aysén, eso es hacer soberanía desde lo cotidiano.
La mirada integral del MOP también se expresa en la conectividad lacustre, portuaria y aérea. La conservación del muelle de Puerto Guadal tras más de una década sin intervenciones, la ampliación de la caleta de pescadores de Melinka, las nuevas naves para los lagos General Carrera y O’Higgins, y la normalización y futura concesión del Aeródromo de Balmaceda, configuran una red que reconoce la geografía regional no como un obstáculo, sino como una condición que exige soluciones diferenciadas.
Todo esto no es casualidad. Entre 2022 y 2025 el presupuesto del MOP en Aysén aumentó en más de un 23% respecto del período anterior, y solo en 2024 se ejecutaron más de 83 mil millones de pesos. Más relevante aún: se reactivaron todas las obras que estaban detenidas, permitiendo no solo avanzar en infraestructura, sino también dinamizar la economía regional y generar empleo local.
Por supuesto, los desafíos persisten. Aysén sigue requiriendo inversiones de largo plazo y una planificación que mire las próximas décadas. En esa línea, el trabajo del MOP en el Plan de Infraestructura Pública a 50 años marca una diferencia sustantiva respecto de la lógica del parche o la improvisación.
En tiempos donde la política suele medirse en declaraciones, en Aysén hay un dato difícil de ignorar: caminos que se pavimentan, agua que llega a los hogares y conectividad que se fortalece. No son cifras abstractas; son condiciones materiales que mejoran la vida de miles de personas y que dan cuenta de una forma de gobernar que entiende la infraestructura como un derecho y no como un privilegio.
El gobierno del Presidente Gabriel Boric entra hoy en su etapa final dejando avances concretos, pero también tareas pendientes que no pueden quedar a medio camino. En una región como Aysén, donde el desarrollo siempre ha requerido constancia más que gestos, el desafío hacia adelante es claro: cuidar lo avanzado, dar continuidad a los proyectos en curso y seguir construyendo un Estado presente que no se retire cuando cambian los ciclos políticos. Porque en territorios extremos, el verdadero progreso no se inaugura, se sostiene en el tiempo.



