Serie narrativa «Los Canales que escuchan»: Los tres oficios de Isla Melchor
En Isla Melchor, en el archipiélago de Los Chonos, hay tres generaciones de pescadores que comparten una misma lancha. El patriarca, don Juan Legue, ha navegado estos canales durante décadas. Su hijo, Alex, aprendió el oficio en sus brazos. Y el hijo de Alex, de no más de diez años, ya sabe manejar la lancha.
—El dice “qué bkn” —cuenta Pablo Aranda—. Es bonito, la verdad.
Pablo no es un pescador. Es un ingeniero en biotecnología marina que pasó de analizar muestras de sangre en un laboratorio de Santiago a medir centollas en los fiordos de Aysén. Pero cuando habla de ese niño, hay algo en su voz que trasciende la descripción técnica.
Ese niño es, para Pablo, una imagen de lo que está en juego. No solo la continuidad de un oficio que se transmite de generación en generación. También la posibilidad de que ese oficio siga siendo posible. Que el mar siga dando. Que los canales sigan escuchando.
El camino de Pablo hacia ese niño no fue recto. Dejó tecnología médica porque lo encontraba “fome”. Se reencontró con el mar en Concepción, donde descubrió que la ciencia también podía ser aventura. Trabajó en bioremediación para la industria salmonera, después en la pandemia haciendo PCR, después en una caleta del Quisco, levantando proyectos, comprando grúas, organizando la Fiesta de San Pedro.
—Allí cache: “ya tengo dedos para el piano” —dice.
Pero el piano, en su caso, no era un instrumento musical. Era el oficio de hablar con pescadores. De aprender a escuchar sin imponer. De entender que la ciencia, cuando no se traduce, no sirve de nada.
El peso de las palabras y la desconfianza del agua
Pablo lo dice sin rodeos: es difícil comunicarse con los pescadores.
—Ellos te cierran la puerta de una. No les interesa hablar con la sociedad. Y nosotros venimos con temas raros. Dicen: “¿y ustedes por qué quieren estudiar esto? ¿De qué sirve? ¿Qué tengo que ver yo?”
La distancia no es solo geográfica. Es lingüística, es cultural, es histórica. El pescador artesanal ha sido, durante décadas, un actor marginal en las decisiones que afectan su vida. El Estado no pregunta. La normativa baja desde Valparaíso, a veces desde Washington. Y los científicos, cuando llegan, suelen venir con sus protocolos y sus papers, sin detenerse a escuchar lo que el territorio ya sabe.
—Tienes que ponerte la chapa al tiro —explica Pablo—. Yo no soy del gobierno, soy científico y vengo a investigar este fenómeno. Y ahí comienzan a soltar todo lo que tienen guardado: la SUBPESCA, el Sernapesca, los problemas que nadie resuelve. Y tú tienes que amortiguar.
Pablo aprendió esa lección en el Quisco, donde trabajó codo a codo con los pescadores. Allí entendió que la ciencia no se comunica en un solo idioma. Que para ser escuchado, primero hay que demostrar que uno no es el enemigo.
—Tienes que ponerte de su lado para volverlo un poco amigo. Si no le demuestras que tienes algo en común, va a fracasar el tema.
Esa lección la ha llevado a los talleres participativos del proyecto de centolla. A Puerto Aguirre, a Melinka, a Caleta Andrade. A lugares donde los pescadores llegan con desconfianza y se van, a veces, con una pregunta.
Pero no todos los pescadores son iguales. Pablo distingue dos mundos en el agua:
—El pescador de centolla con línea de trampa ya son empresarios. Venden a toneladas. Tienen embarcaciones de hasta 18 metros, huinches potentes, 250 trampas. El recolector de jaiba, en cambio, trabaja más en la orilla, hasta los 40 metros, y lo sube a mano. Es otro tipo de persona. Trabaja para la subsistencia.
Entre ambos, la diferencia no es solo técnica. Es una diferencia de mundo, de relación con el mar, de expectativas sobre el futuro. Pero ambos comparten algo: la sensación de que el Estado no está ahí, de que las decisiones se toman en otro lado, de que ellos son los últimos en ser consultados.
La normativa que viene de Washington y la esperanza que llega de los jóvenes
El proyecto que Pablo acompaña en el CIEP tiene una paradoja en su origen. La normativa que busca implementar, la que exige cambios en las líneas de trampa para proteger a las ballenas, no nació en Aysén. Nació en Washington, en la Ley de Protección de Mamíferos Marinos de Estados Unidos. Bajó a Santiago, a la SUBPESCA, y de allí a los canales.
—Es cero contexto, cero pertinencia —dice Pablo.
Los pescadores lo saben. Por eso cuando el equipo del CIEP llega con sus propuestas, la primera reacción suele ser el rechazo.
—Dicen: “¿Y qué me importa a mí? Yo voy a seguir pescando a mi manera”. Y ahí tú les explicas que va a llegar Sernapesca a fiscalizar, que si no tienes esto te van a quitar las herramientas de trabajo. Dicen: “No, no estoy ni ahí con la cuestión”.
Pero hay un giro. Y ese giro tiene nombre: los jóvenes.
—Hay otros que sí son más abiertos —dice Pablo—. Los hijos de los pescadores testarudos. Ellos tienen otra visión.
Los padres vivieron en el abandono del Estado toda su vida. Los hijos, en cambio, han visto otras posibilidades. Han tenido acceso a otras herramientas. Han aprendido que la certificación, la sostenibilidad, los estándares internacionales, no son necesariamente una amenaza. Pueden ser una oportunidad.
—Si hubiese algún subsidio del Estado o cualquier ayuda —dicen en los talleres— sí lo adoptaríamos.
La tensión, entonces, no es entre ciencia y territorio. Es entre un Estado que impone desde arriba y un territorio que necesita ser escuchado desde abajo. El proyecto del CIEP, en ese sentido, es un puente. Frágil, financiado con cuentagotas, pero un puente al fin.
La humildad del mar
Pablo visualiza un futuro. Una flota pesquera profesionalizada, con mercados amplios, donde Chile sea un referente en pesca de centolla. No como un logro abstracto, sino como algo que toca la vida concreta de la gente.
—Visualizo que esto es posible y que sería completamente positivo no solo para el pescador artesanal —dice—. En Chile no se come centolla, no se comen recursos marinos y tenemos más de 6 mil kilómetros de costa. Si te certificas, también puedes mejorar la dieta de Chile, consumir realmente productos de acá.
Pero hay algo más profundo en su mirada. Algo que aprendió en el agua, en los años de navegar estos canales.
—El mar controla todo —dice, y hay una pausa—. Desde lo que yo como, desde lo que yo sé, si puedo salir a trabajar o no, desde las condiciones climáticas del planeta. No es tan fácil. Por algo tenemos una rama del ejército dedicada única y exclusivamente al mar. Es brigido, es muy potente.
Y luego, casi como una confesión, añade:
—Tenemos una cultura marítima muy importante. No tenemos las mega industrias de otros países, pero tenemos una cultura que nos enseñaron nuestros antepasados que habitaron el mar y los bordes costeros: chonos, selknam, aoniken, kawésqar, changos. Hasta el día de hoy realizamos prácticas que ellos inventaron. La pesca del pulpo, la potera, se cambió por una cuestión de fierro, pero es el mismo concepto. Algo que se inventó hace dos mil, tres mil años atrás.
Esa memoria, la de los pueblos que habitaron los canales antes de que existieran las regiones administrativas y las normativas internacionales, es, para Pablo, lo que está en juego. No solo un recurso. Una forma de habitar el mundo. Una relación con el mar que no se reduce a la extracción.
El niño de Isla Melchor, el que ya sabe manejar la lancha, es el heredero de esa memoria. Y también, quizás, el destinatario de este trabajo. Porque si algo está en juego en el proyecto de certificación, en los talleres participativos, en las entrevistas y las crónicas, es la posibilidad de que ese niño pueda seguir siendo pescador. No como un relicario del pasado, sino como un actor del presente.
—Hay que ser humilde —dice Pablo—. Humilde en cuanto a lo que uno es, a lo que uno sabe, a lo que uno puede llegar a ser.
El mar, en su inmensidad, no pide otra cosa. Los canales, en su silencio, ya lo saben.
Nota editorial: Esta crónica fue tejida a partir de la conversación con Pablo Aranda (14 de junio de 2026) en el marco del proyecto “Los Canales que escuchan”. Pablo es ingeniero en biotecnología marina, asesor técnico de pesca artesanal en el CIEP, y parte del núcleo investigador del proyecto de certificación de la pesquería de centolla en la Región de Aysén. Sus palabras sobre la humildad del mar, la herencia de los pueblos originarios y el niño de Isla Melchor resuenan como el eco de una pregunta que no termina de cerrarse.




