El túnel y el escalafón | Crónica desde la investigación de la centolla en Aysén
El pescador que se bajó del proyecto lo hizo con una convicción que ningún argumento técnico pudo desarmar:
—Si coopero en esto, voy a estar validando algo que no es un problema.
Gustavo Aedo lo recuerda con una mezcla de comprensión y frustración. El armador había firmado una carta de interés. Había aceptado participar en los experimentos. Pero en el camino, algo cambió. La normativa que el proyecto busca evaluar, la Resolución Exenta N° 2827 de SUBPESCA, que exige cambios en la materialidad de las líneas de trampa para evitar el enredo de ballenas, no es, para este pescador, una medida de conservación. Es una imposición más, una que viene de Washington, que no considera la realidad de los fiordos de Aysén, y que él no está dispuesto a legitimar.
—No estamos de acuerdo con esto —dijo—. No vamos a participar.
Gustavo no intentó convencerlo. En años de trabajo con pescadores artesanales, ha aprendido que la confianza no se negocia en una reunión. Se construye en el tiempo, en los viajes, en los talleres donde la gente llega con desconfianza y se va con una pregunta.
—Entendemos que es un desafío —explica—. Pero si no generamos antecedentes, la discusión no va a avanzar. La normativa va a implementarse igual, con o sin nosotros.
El pescador se fue. Pero apareció otro. Y los experimentos siguen adelante.
Esta es la imagen que señala el estado de avance en la implementación del programa línea base para la certificación de la pesquería de centolla en Aysén: una tensión constante entre la norma que baja desde arriba y el territorio que se vive. En medio, un equipo de investigadores que intenta tender un puente. No para imponer, sino para generar evidencia que permita una discusión informada.
El director de ese puente es Gustavo Aedo. Biólogo marino, magíster en pesquerías, candidato a doctor. Pero también, y quizás más importante, alguien que aprendió a moverse en la tensión entre el dato y la vida.
El oficio de aprender a escuchar
Gustavo llegó a Aysén en la primavera del 2021. No fue un traslado cualquiera. Venía de la zona central, donde la investigación pesquera tiene otros ritmos, otros recursos, otra geografía.
—Ahí tomaba el auto en mi casa y en un par de minutos estaba en Lota, Coronel, San Vicente, Talcahuano —recuerda—. Conversaba con un montón de gente. Acá tienes que viajar horas. Esa cuestión también es relevante.
La geografía de Aysén no es un telón de fondo. Es una condición de la investigación. Las horas de navegación, la dificultad de llegar a las caletas, la dispersión de los pescadores en un archipiélago de islas y canales, todo eso moldea la forma en que se hace ciencia.
Gustavo lo aprendió rápido. Los primeros años en la región los dedicó a observar.
—En el método científico, la fase observacional es fundamental —dice—. Tienes que primero pasearte por la montaña, sentarte, respirar un rato, ir en diferentes épocas del año, diferentes horas del día, ver los animales, los pájaros, las hojas cuando florecen, cuando caen. Ahí comienzas a entender un proceso.
Esa paciencia no es común en el mundo de la investigación aplicada, donde los plazos de los proyectos exigen resultados rápidos y la presión por publicar no da tregua. Pero Gustavo insiste: en Aysén, no funciona otra cosa.
—El desafío de la estrategia para la investigación —dice— no es llegar con una receta y aplicarla. No resulta.
Esa convicción lo llevó a desarrollar un enfoque metodológico propio para el levantamiento de datos de la pesquería de centolla. No se trataba de replicar el sistema de IFOP, que funciona en otras regiones del país. Se trataba de diseñar algo que tuviera sentido para la realidad de Aysén: campañas estacionales, monitoreo participativo con pescadores, indicadores de alta resolución.
—En el 2017, cuando trabajé en otro proyecto de la Universidad de Concepción, tuve acceso a las bases de datos de IFOP —explica—. Entendí la forma en que se levantaban los datos y cómo se analizaban. Y dije: acá hay que comenzar a darle vuelta.
Esa decisión, cuestionarse el método establecido, es parte de su proceso del equipo investigativo. Pero Gustavo tenía una certeza: la información que se generaba no estaba siendo útil para la toma de decisiones.
—El sistema de levantamiento de información que tiene IFOP a nivel nacional puede ser muy pertinente en algunas regiones del país. En otras, como acá, no.
El proyecto actual, el de certificación de la centolla, es la culminación de ese proceso. No es un estudio aislado. Es la consolidación de una forma de hacer investigación que considera la geografía, los sistemas de financiamiento y las capacidades instaladas de la región.
La normativa que viene de Washington y el túnel que se abre
El origen de la Resolución Exenta N° 2827 no está en Aysén. Está en Washington, en la Ley de Protección de Mamíferos Marinos de Estados Unidos. Para poder exportar a ese mercado, las pesquerías chilenas deben demostrar que sus métodos de pesca no generan enredos con ballenas.
El problema, como lo explica Gustavo, es que la norma no considera la realidad de los fiordos de Aysén.
—Los pescadores dicen que el problema con las ballenas no existe, que es un problema inventado —señala—. Y en parte tienen razón. Los estudios que documentan estas interacciones ocurren en concesiones de acuicultura, no en la pesca artesanal con líneas de trampas.
Pero hay más. La normativa se focaliza en la flotabilidad de la línea de trampas, no dice nada sobre el cabo que conecta la línea de trampas con la boya que se encuentra en superficie. Probablemente, ésta sea una particularidad necesaria de discutir a la luz de los resultados del programa.
En otras pesquerías del mundo, las soluciones técnicas son otras: como los liberadores acústicos que inflan la boya solo cuando la embarcación está cerca, reduciendo el tiempo que la línea permanece en la columna de agua. Pero esa tecnología es costosa y requiere un nivel de tecnificación que la mayoría de los pescadores artesanales no tiene.
El proyecto del CIEP, entonces, no busca imponer una solución. Busca generar evidencia.
—Si llegamos a resultados que muestran que el cambio de materialidad no tiene sentido, el énfasis debería estar en no utilizar cabo boyante para recuperar la línea —plantea—. Imagínate el nivel de tecnificación que va a haber que hacer si se quiere encaminar hacia el uso de liberadores acústicos. ¿Cuánto pone el Estado? ¿Cuánto se capacita a la gente? ¿Cuánto se involucra la industria?
Esas son las preguntas que el proyecto busca abrir. No dando respuestas definitivas, sino generando la información que permita que la discusión avance.
—Hoy estamos en un túnel —dice Gustavo—. Se va a abrir.
El escalafón que se sube
Gustavo visualiza el proyecto no como un punto de llegada, sino como un paso en un camino más extenso.
—Este proyecto consolida las primeras investigaciones en crustáceos, jaibas y centollas como CIEP acá en la región —dice—. No es una línea continua. Es subir un escalafón.
Ese escalafón tiene que ver con la forma de hacer investigación. No se trata de aplicar recetas, sino de construir un enfoque que considere la geografía, los sistemas de financiamiento y las capacidades instaladas de la región.
—Es una forma de hacer investigación que creo puede ser replicable en otros recursos artesanales: el loco, el erizo, otros bentónicos.
Pero también tiene que ver con la relación entre la ciencia y el territorio. Gustavo ha aprendido a moverse en esa tensión. Sabe que los pescadores desconfían de las autoridades, que las normas se imponen desde arriba, que la industria tiene recursos y capacidad de lobby que el sector artesanal no tiene.
—El pescador se adapta —dice—. No se va a morir de hambre, no va a quebrar. Se queja, pero no muere.
Esa capacidad de adaptación es, para Gustavo, lo que hace que la pesca artesanal sea distinta a la industria. Pero también es lo que la vuelve invisible. El pescador que se adapta, que cambia de oficio, que vende leña o trabaja temporalmente en la salmonicultura, no aparece en los balances del PIB regional. No tiene un lobby. No contrata asesores.
Por eso el proyecto, para Gustavo, no es solo un estudio técnico. Es una estrategia para que la voz de esos pescadores —los que no están en las grandes federaciones, los que viven en islas remotas, los que desconfían de las autoridades— pueda ser escuchada.
—Si logramos hacer bien el experimento —dice—, independientemente de los datos, nuestra acción ya sería un avance. Mostrar que Chile está preocupado y generando acciones.
Ese es el escalafón que Gustavo quiere subir. No solo para la centolla, sino para la forma en que se hace ciencia en la Patagonia.
Nota editorial: Esta crónica fue tejida a partir de la conversación con Gustavo Aedo (julio de 2026) en el marco del proyecto “Los Canales que escuchan”. Gustavo es biólogo marino, Magíster en pesquerías y Director del programa “Línea base para la certificación de la pesquería de centolla en la Región de Aysén”. Su trayectoria combina la investigación aplicada con una profunda vinculación con el sector pesquero artesanal, y su mirada articula la lógica del proyecto con la realidad del territorio. Esta pieza es parte del tronco central de la serie.
Coyhaique – Punta Arenas, julio de 2026




